La Policía desapareció de las calles de El Cairo al tiempo que las Fuerzas Armadas desplegaron tanques y transportes de tropas que protegen algunos edificios gubernamentales pero también se apostaron en espacios donde se concentran los manifestantes. Los cairotas insisten en mantenerse en las calles en reclamo de la renuncia de Mubarak, quien no ha demostrado mucha creatividad para enfrentar la crisis. Su mayor movimiento fue destituir a su gabinete y nombrar a Omar Suleiman, el jefe del espionaje, como vicepresidente. Suleiman aún es una figura importante en Egipto pero el propio Mubarak se encargó de que su cuarto de hora pasara indefectiblemente. El espía está demasiado asociado al mismo régimen que topeó sus posibilidades de ascenso.
Lo más destacado de hoy es que Mohamed el-Baradei ha decidido salir a la calle megáfono en mano a arengar a las multitudes. No creo que demore mucho en trepar a un tanque, como hizo Yeltsin, pero no sería más que un actor secundario en una comedia escrita por los generales, que desean ganar tiempo y tomar distancia del desprestigiado Mubarak.
Los militares egipcios dejan que los manifestantes los vean como si estuvieran a punto de desempeñar un papel similar al de sus pares tunecinos. Lo dudo. Los militares están prestando sus tanques como plataforma para que los civiles griten consignas antigubernamentales; algunos oficiales son paseados en andas por los manifestantes: jets de combate sobrevuelan El Cairo. Ese conjunto de señales es leído como una guiñada de las Fuerzas Armadas a los manifestantes, pero habría que diferenciar la actitud amistosa de algunos tanquistas ante una muchedumbre que los viva, de la de los generales, que han sostenido la dictadura durante 30 años y hoy temen que con Mubarak caigan sus lujosas villas, sus fortunas mal habidas y su poder político.
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