jueves, 1 de abril de 2010

El crimen de un vigilante



Wei Lei era un hombre que a los 26 años decidió vivir una vida de película al declarar su propósito cuasi comic de luchar contra el crimen en su ciudad natal, Dongguan, uno de los centros industriales más importantes de China. 
Al principio en el barrio no lo tomaron muy en serio, pero en la medida que “El Cañón”, como se le conocía, le echaba el guante a un rapiñero tras otro, poniéndolos en manos de la policía local, se ganó el respeto de sus conciudadanos. En cuatro años Wei Lei capturó un centenar de rufianes y no se hubiera detenido de no haber sido víctima de un violento asalto por parte de dos tipos armados con cuchillos.
Cada vez que un territorio ha quedado fuera del control del Estado, algún comedido se ha hecho cargo de imponer su noción de ley y orden. A veces se ha tratado de regiones afectadas por guerras civiles o catástrofes naturales que han impedido la acción eficaz de los agentes del Estado durante un lapso más o menos extenso.
En Estados Unidos, país que popularizó la figura del vigilante mediante el cine y la literatura, hay numerosos antecedentes que se remontan al siglo XIX, cuando en algunas regiones actuaron grupos de individuos que realizaban ejecuciones extrajudiciales. El cine, sin embargo, prefirió el lobo solitario, el siempre efectivo recurso de apelar al tipo-común-y-corriente-capaz-de-hacer-algo-extraordinario.Por eso Harry el sucio tiene cierta ajenidad para el público en comparación con Death wish, interpretada por Charles Bronson. Este era un aburrido viudo que recorría las calles de Manhattan para vengar el asesinato de su esposa y, salvando la distancia, podría haber sido la fuente de inspiración del justiciero chino, habitante de una violenta ciudad donde viven siete millones de personas.
Dongguan ha crecido exponencialmente, atrayendo a cientos de miles de trabajadores chinos y extranjeros. Paradójicamente la criminalidad se ha expandido a un ritmo tan asombroso como el producto bruto del sur de China. Los altos índices delictivos escandalizan sobre todo a los locales, que perciben que la ciudad les está siendo arrebatada por hordas de delincuentes que, además, vienen de afuera. Porque por suerte, lo malo siempre viene de afuera.
A Wei Lei lo atacaron para robarle un collar que probablemente usara como llamador. Lo imagino dorado, con refulgentes eslabones de alambre grueso, sosteniendo una pieza pretendidamente valiosa, lo suficiente como para imantar a los chorros.
Wei dejó una novia en llanto y una ciudad intranquila, pero eso solo será hasta que otro buen ciudadano pierda la paciencia.


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