viernes, 23 de abril de 2010

En California chupan mandarinas pero comen jabón



Cuando uno ya pensaba que la crisis hipotecaria había acabado, entre otras cosas, con la última gota de inocencia anglosajona, los legisladores del estado más quebrado de la Unión, California, aprobaron una resolución declarando la primera semana de marzo como “Semana sin Palabrotas”. ¿No son una ternura? Me puedo imaginar el pleno de la Asamblea de California, con Winnie the Pooh, Bambi y otros simpáticos personajes levantando la patita. 
La iniciativa se inspiró en un educado adolescente californiano que promueve un movimiento anti puteada, para orgullo de la Nona.
“Cuando estamos en la casa de nuestra abuela tenemos respeto y decoro”, dice Anthony Portantino, un legislador demócrata de California que repartió 120 tarros anti grosería entre sus pares y el gobernador Arnold Scharzenegger. Cada vez que uno de ellos se martilla un dedo o ve en la tele a un F-16 bombardeando civiles afganos, por ejemplo, deposita algunas monedas en el tacho, pero nadie sabe dónde carajo va la plata. Uy, perdón (cling, cling).
En Estados Unidos aún hay gente que se está riendo de otra joya de California, la creación del “Grupo de Trabajo para la Promoción de la Autoestima, en 1986, cuya actuación está registrada en 5,5 pies cúbicos de papel que vale su peso en oro.
No sé si este movimiento de nietos que comen con la boca cerrada y se abrochan el primer botón de la camisa se inspiró en la escandalosa expresión del vicepresidente Joe Biden unas semanas atrás ("This is a big fucking deal" ) cuando saludó a Obama por la reforma de la salud o más atrás, con las puteadas de George W. Bush a micrófono “cerrado” o incluso de Richard Nixon, una vez que se desclasificaron grabaciones suyas en reuniones reservadas en las cuales puteaba hasta aburrirse. No es distinto en el resto del mundo, al menos del mundo occidental, pero en otras épocas estaba lejos de ser un pecado.
Según Tony McEnery, profesor de lingüística en Lancaster University, de Inglaterra -citado por el New York Times-, durante un debate eclesiástico a principios del siglo XVII el rey James I comparó los argumentos de una autoridad religiosa con un sorete (“turd”) y nadie se escandalizó.
Volviendo a los anglosajones, McEnery cuenta que a fines del siglo XVII -supongo que como consecuencia de la consolidación del protestantismo- se impuso en el discurso político una noción de pureza considerada imprescindible para legitimar el poder. Por entonces varias ONG británicas iniciaron cruzadas contra las malas palabras a uno y otro lado del Atlántico. Con el tiempo, unas y otras florecieron.
Sin duda pensás que sabés muchas malas palabras. Soñá. El uruguayo Francisco Acuña de Figueroa, que no era rey pero sí realista, escribió los himnos de Uruguay y Paraguay robándole tiempo a ocupaciones que le eran más caras, como concebir “Nomenclatura y apología del carajo. Ese poema es un puntilloso relevamiento de denominaciones que recibía el pene en el mundo de habla castellana por aquellos días. Para que no digan que este es un post del orto. 




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