“Habrá sangre”, amenazó Kurmanbek Bakiev, ex presidente de Kirguistán derrocado el 7 de abril por un movimiento opositor. Luego de amagar con el exilio, Bakiev aterrizó su jet en el sur del país y se refugió en Jala-Abat, su pueblo natal, donde posee una villa en la cual está cómodamente atrincherado mientras negocia una partida que deje mejor parados a sus aliados, por no hablar de sí mismo. Bakiev presiona al nuevo Ejecutivo kirguiz haciendo llamamientos a la ONU para que lo restituya en el cargo por medio de la fuerza.
Roza Otunbayeva, jefa del gobierno interino, no se decide a ordenar un asalto militar que permita arrestar a Bakiev, temerosa de que eso provoque un levantamiento en el sur del país, cuya numerosa población rural, mayoritariamente uzbeca, respalda decididamente al líder depuesto. Para algunos clanes del sur las palabras de Bakiev no son simple retórica y eso podría desencadenar una contrarrevolución.
Dimitri Medvedev, presidente de Rusia, advirtió de un “peligro real” de guerra civil en Kirguistán. Esta ex república soviética del Asia Central, de mayoría musulmana, padece los efectos de las rivalidades entre kirguizos y uzbecos, asentados mayormente en el norte y el sur del país, respectivamente. En ambas regiones el poder se reparte entre clanes y tribus, en una delicada dinámica que Moscú conoce bien. De hecho, muchos creen que Bakiev cayó víctima de sus errores de cálculo al oponerse a los rusos en la batalla geopolítica de Asia Central, donde Rusia y China están decididos a empujar a Estados Unidos fuera de la región. Al asumir la presidencia en 2005 Bakiev, consciente del poder que ejerce Rusia en su país, donde además tiene una base militar, coqueteó con Moscú y se habría mostrado dispuesto a ordenar el cierre de Manas, base aérea de Estados Unidos que juega un rol vital en la guerra de Afganistán. En ese juego el gobierno kirguiz habría obtenido 2.000 millones de dólares de los rusos, entre otros beneficios, a cambio de la promesa de patear a los yankis, pero acto seguido Bakiev logró que Washington aumentara generosamente el canon que pagaba por la base de Manas y promovió un mayor involucramiento de los intereses estadounidenses en Kirguistán. Tal parece que los rusos no estaban dispuestos a participar de ese juego pendular en su patio trasero y habrían decidido ayudar a articular las fuerzas que acabarían por tumbar al autoritario Bakiev. Inicialmente el nuevo gobierno estaría dispuesto a mantener la base de Estados Unidos, aunque varios de sus líderes se pronunciaron por un veloz desalojo.
“En Kirguistán debe haber solo una base militar, y tiene que ser rusa”, fueron las simpáticas palabras de un alto funcionario del Kremlin en referencia al tema, poco después de que Rusia se convirtiera en el primer país en reconocer al gobierno kirguiz.
No es imprescindible a los intereses de Rusia que la base yanki sea cerrada a la brevedad. Es suficiente con que quede claro que eso depende exclusivamente de la voluntad de Moscú, que así podría utilizar Manas en la mesa de negociaciones para mejorar su posición en otros asuntos. Por lo demás, los rusos quieren que los talibanes afganos sean derrotados, lo que sería difícil sin Manas, y aun con ella. Pero a mediano plazo Moscú intentará desalojar a los estadounidenses de Kirguistán como lo hizo en Uzbekistán. Si bien Kirguistán no tiene petróleo y su montañosa geografía, producto del choque tectónico entre India y China, imposibilita el pasaje de oleoductos, sus vecinos constituyen lo que se podría llamar Oleodukistán. No es posible proponerse el control de recursos en esa región, de gran valor estratégico, sin un adecuado respaldo militar.
Los kirguizos acaban de sacarse de encima un gobernante despótico. Sin embargo necesitarán más suerte para navegar con libertad en un escenario en el cual se está diseñando el statu quo del próximo medio siglo.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada