jueves, 22 de julio de 2010

Espías rusos en su tinta (invisible)




Tres días después de que Obama y Medvedev se mostraran alegres y remangados en una  hamburguesería de Arlington, a un suspiro de allí el FBI inició un chorrete de arrestos que se extendería como mayonesa por varias ciudades de la costa Este de Estados Unidos con un saldo total de diez espías rusos en sus mazmorras. Inmediatamente después los federales agrandarían las papas con el onceavo agente de Moscú, aparentemente responsable de financiar a los anteriores, que fue detenido en Chipre. Sin embargo, mientras la gente de Hoover aún se congratulaba por ese golpe al Kremlin, el triunfo comenzó a desdibujarse. 

El espía detenido por los chipriotas bajo el cargo de usar un falso pasaporte canadiense fue liberado bajo fianza y se esfumó. El FBI ni siquiera pudo denominar al resto como “espías”, al menos no oficialmente, pues no había más evidencia que para acusarlos de ser “agentes extranjeros no registrados”, un delito menor. Perdidos hasta los pepinillos, del prometedor menú inicial solo quedaba una decena de yuppies que llevaban una vida feliz con nombres anglosajones, acento insospechable e hijos gringos que colgaban de las paredes posters de los íconos de la cultura yanki. Porque el servicio secreto ruso parece tener un departamento de enlaces, en el sentido casamentero del término, en tanto logró fundar cuatro familias entre sus agentes en la costa Este. Algunos de ellos habían llegado a Estados Unidos en los años 90; todos ellos eran objeto de vigilancia por lo menos desde 2001.



Pensar en los que piensan

A pesar de que algunas agencias de noticias insistieron en presentar a los rusos como espías con bajo coeficiente intelectual que enviaban a Moscú información disponible en Google, no fueron acusados de espionaje porque su misión no era espiar, sino probablemente reclutar espías para el Servicio de Inteligencia Exterior (SVR) de Rusia. Es por eso que asistían frecuentemente a eventos en think tanks y otras instituciones privadas y públicas en las cuales se vinculaban con intelectuales con influencia en tomadores de decisiones o jóvenes funcionarios públicos cuya carrera se proyectaba hacia zonas de interés para el SVR. Casi siempre se trataba de construir vínculos que, de concretarse en reclutamientos, no ofrecerían réditos quizá en décadas. Eso no importaba, porque la paciencia china es una cualidad propia del espionaje ruso.

Los “durmientes” o “células dormidas”, como se le llama a ese tipo de agente en la jerga, desarrollan misiones para las cuales es imprescindible que sean vistos como locales allí donde operen, pero esa identidad, siendo falsa, no resistiría el escrutinio de una agencia de contraespionaje. Por tanto, se les prohíbe aproximarse a funcionarios de rango medio para arriba o presentarse a empleos en lugares sensibles, lo que detonaría de oficio una investigación exhaustiva de su identidad y sus antecedentes.

Por lo demás, como todo agente que se precie de tal, los rusos transferían paquetes con diverso contenido mediante todas las modalidades popularizadas por la literatura y el cine, ya fuera el intercambio de bolsos idénticos en la escalera de una estación de subte, dejar paquetes en baños públicos, enviar notas con tinta invisible o radiar mensajes, entre otras.  





Ser y parecer lo que no se es

François Grosjean un psicolingüista suizo que ha dedicado buena parte de su carrera al bilingüismo, escribió un artículo sobre la modalidad de agente durmiente o encubierto -es decir profundamente integrado a la sociedad en la cual desarrolla su misión-, que fue publicado por Guardian Weekly. En primer lugar Grosjean intenta reconstruir el entrenamiento necesario para que esos individuos incorporen una lengua extranjera como si fuera la materna. “No debe quedar rastro alguno de acento extranjero (…) Algunos de esos agentes fueron probablemente sometidos a un intenso entrenamiento fonético para borrar todo rastro de su otra lengua”.

A diferencia del común de los bilingües, estos “bilingües especiales”, como los llama Grosjean, tienen que ser capaces de usar solo una lengua en todas las situaciones, incluyendo aquellas de mucho estrés o particularmente emotivas, así como evitar el riesgo de confundir palabras fonéticamente similares, entre otros. Posiblemente su entrenamiento simule tales contextos para poder evaluar las capacidades del agente.

Como deben comportarse como nacionales del país donde trabajen, los agentes “biculturales” deben “internalizar todos los aspectos de la cultura anfitriona y hacer a un lado todo aspecto de la otra cultura. Para lograr eso con éxito probablemente deban monitorear su propia conducta pública en forma permanente.

Es difícil imaginar la vida, o doble vida, de tales agentes, y los muchos recursos psíquicos que debe consumir el solo hecho de exhibir una identidad cultural única y plena -a la sombra de la cual incluso se crían hijos- cuando en verdad se tiene otra, muy distinta. A eso se suma el trabajo cotidiano, que es una cobertura pero al mismo tiempo es un trabajo legítimo en el cual es importante destacar; luego viene la misión específica, que cuando es exitosa concluye con el reclutamiento de otro individuo pero que también puede culminar con una larga estadía en la cárcel. Mientras tanto, cada agente tiene un manejador en Moscú que gerencia todo aspecto de su vida. Pero tantas vidas y proyectos de diversa naturaleza fueron en ocasiones una fuente de conflictos para los agentes rusos arrestados en junio. 



Barbacoa, perro grande y pajaritos

En una nota publicada en Telegraph.co.uk se transcriben algunos diálogos de los agentes rusos que ponían de manifiesto conflictos con sus jefes. Por ejemplo, quienes se hacían llamar Richard y Cynthia Murphy debieron enfrentar la firme oposición de Moscú cuando se propusieron comprar a su nombre una casa en los suburbios de Nueva Jersey. “Tenemos la impresión  de que C. (el Centro Moscú, la jefatura) considera que nuestra propiedad de la casa es una desviación del propósito original de nuestra misión aquí”. En realidad, argumentaron, es “una progresión natural” de nuestra vida, además de “hacer lo que hacen los romanos” (dicho equivalente a “adonde fueres haz lo que vieres”), “en una sociedad que valora la propiedad” de la vivienda. El Negro Olmedo hubiera estado de acuerdo con ellos: “Si lo vamos a hacer, vamos a hacerlo bien”.

Los rusos en general se desempeñaron en Estados Unidos como profesionales y empresarios, fachadas con las cuales lograron buenos niveles de ingresos. Teniendo en cuenta que el SVR no se caracteriza por su generosidad, los agentes pueden haberse parado con más independencia frente a su patrón.

Los 10 agentes rusos fueron intercambiados por espías de los estadounidenses presos en Rusia y viajaron a Moscú. El viaje es largo, ideal para que padres e hijos dialoguen, en inglés, a fin de aclarar un par de cositas. En Estados Unidos no faltó quien dijera que se había hecho un mal negocio, pues se entregaron 2,5 espías, incluyendo a la sexy Anna Chapman, por cada agente de Washington.

Los agentes del SVR se reencontraron con la Madre Rusia, donde se deberán rusificar si es que quieren recuperar la confianza que alguna vez se depositó en ellos. El SVR, que los entrenó, les está agradecido, pero por las dudas los acompañará a donde quiera que vayan.


Foto: “Anna Chapman” de regreso en casa. Total, sushi y Louis Vuitton hay en todo el mundo.  

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