lunes 27 de septiembre de 2010

Rusia quiere volver a la arena



“Proveeremos de misiles Yakhont a Siria, cumpliremos el contrato”, declaró Anatoly Serdyukov, ministro de Defensa ruso. Serdyukov, de visita oficial en Washington el 19 de setiembre, tiró ese balde de agua fría en el Pentágono. Para Estados Unidos e Israel fue el triste epílogo (o casi) de tres años de gestiones que intentaron bloquear la venta de esos sofisticados misiles.

El Yakhont P-800 es un misil crucero anti barco supersónico de última generación diseñado para equipar a las flotas rusas. Mide 9 metros de largo, utiliza combustible líquido (sólido para el despegue) y puede transportar una cabeza explosiva de 300 kilos. Su alcance es de 300 kilómetros, su altitud máxima de 20 mil metros y la mínima de 2 metros. Tiene un patrón de vuelo flexible, que le permite cambiar de altitud para eludir posibles amenazas, y alcanza una velocidad de Mach 2.5. Su radar pasivo se conjuga con una potente computadora para neutralizar contramedidas electrónicas y utilizar la fuente como blanco. Es sumamente difícil de interceptar. (Fuente: http://warfare.ru/?linkid=1725&catid=312).

No sorprende la alegría de los sirios. Hasta me dan ganas de comprarme un Yakhont P-800 y ponerlo arriba de la chimenea, en lugar de la cabeza de rinoceronte.



Lo peor viene de arriba

En agosto de 2003 aviones de combate israelíes hicieron un vuelo rasante en Damasco, una humillación que evidenció las carencias de la defensa antiaérea siria. Dos años más tarde Putin anunció la venta a Siria de misiles antiaéreos SA-18 y ante el pataleo israelí dijo: “Esto, por supuesto, complicará los vuelos a baja altura sobre la residencia del presidente sirio (Bashar Assad), pero no creo que esos vuelos sean una buena idea”.

Además del misil Yakhont los rusos le venderán a Siria misiles Pantsir-S1 tierra-aire y aviones Mig-29 y Su-27. El principal interés de los sirios es neutralizar el poder aéreo israelí mediante el establecimiento de una defensa antiaérea que cuente con sistemas sofisticados, aunque nada indica aún que los rusos estén dispuestos a satisfacer plenamente esa demanda.

El Yakhont es un misil multiplataforma capaz de abatir blancos más allá de la línea del horizonte, pero Siria no tiene barcos o aviones que puedan lanzarlo, ni capacidad de seguir blancos a tanta distancia. Es decir que por lo pronto esos misiles estarán emplazados en plataformas costeras y en caso de conflicto armado con Israel solo mantendrán a la marina israelí lejos de la costa, que ya es algo. Si los rusos permitieran que los misiles fueran emplazados en naves de superficie, la modesta Armada siria adquiriría cierto peso ofensivo.



Proa a Damasco

Moscú insiste ante Tel Aviv en que el misil anti barco, así como aviones de combate y otros artículos que los sirios pusieron en su carrito de compras, no alterarán el balance estratégico en la región, es decir, no le robarán a Israel su supremacía militar en Medio Oriente. No hay duda de eso, pero los israelíes no quieren confesarle a los rusos que son sus Fuerzas Armadas las que le preocupan.  

Rusia probablemente tenga que retirar la Flota del Mar Negro de su base naval en Sebastopol en 2017, cuando caduquen los acuerdos con Ucrania. Aunque la Armada rusa continúa haciendo planes para la expansión de la base y el Ejecutivo ucraniano esté actualmente en manos de Victor Yanukovich, un político pro ruso, una mayoría de ucranianos fervientemente nacionalistas exige el retiro de Rusia de la península de Crimea. Moscú no tiene una alternativa comparable a Sebastopol, pero está realizando trabajos de ampliación en dos puertos sirios, Tartus y Latakia, muy cerca de donde fue creado el alfabeto cananeo hace unos tres mil años. Desde esas bases Rusia planea patrullar el Mediterráneo y proyectar su influencia a Medio Oriente, donde sus empresas de energía están cada vez más activas. Para eso debió desempolvar su vieja amistad con Siria, que no dejó pasar la oportunidad de estrechar esos lazos. Rusia vuelve a perfilarse como su proveedor de armamento sofisticado a precios bonificados y la sola presencia de su flota en Tartus y Latakia constituye un paraguas que los rusos podrían fortalecer si la relación entre ambos países adquiere carácter estratégico, como todo lo sugiere. Bashar Assad también cuenta con recibir el respaldo ruso en el Consejo de Seguridad de la ONU y otros foros internacionales.





Más misiles

Tartus y Latakia contarían con un sistema de defensa antiaérea basado en los misiles tácticos Iskander-E y quizá también los antiaéreos S-300. Los Iskander, que Rusia amenazó con emplazar en Sebastopol si Estados Unidos continuaba con sus planes de una base anti misil en Polonia, podrían ser, esta vez, una respuesta a la instalación de nuevas bases misilísticas y estaciones de radar en Israel. Por lo pronto, el Iskander -por el cual Assad realizó intensas gestiones en Moscú en 2006- es un misil ofensivo y su despliegue está limitado por convenios internacionales.

Israel da por hecho que la presencia de la flota rusa en puertos sirios incluirá el monitoreo de sus comunicaciones militares y sistemas de armas. La Rusia postsoviética tiene buenas relaciones con Israel y ambos acaban de firmar un acuerdo militar que Tel Aviv buscó con ansias, pero desde su condición de aliado incondicional de Washington tiene poco y nada para ofrecerle a Moscú. Damasco, en cambio, representa las bases militares que Rusia pueda necesitar y, mediante su influencia en gobiernos y movimientos político militares de la región, contribuirá a valorizar a su vez a las posiciones del Kremlin con respecto a Medio Oriente, que, aunque con matices, siempre estuvieron alineadas con las de los países árabes, en particular Siria. Me parece interesante saber el efecto que tiene en Turquía esta revivida alianza, quizá tema de otro post.

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