miércoles, 10 de noviembre de 2010

El opio de los gobiernos


 Efectivos de Rusia y Estados Unidos realizaron una operación antidroga conjunta en Afganistán que culminó con la destrucción de cuatro laboratorios en los cuales se procesaba opio para convertirlo en heroína. 
Tanto los ciudadanos estadounidenses como los rusos se vieron sorprendidos por la noticia, pues ya se estaban acostumbrando a un relacionamiento más propio de la guerra fría entre sus países.
La OTAN ha realizado numerosos intentos para involucrar nuevamente a los rusos en Afganistán pero solo ha recibido del Kremlin buenos deseos y la autorización para transportar a través de su territorio material civil con destino a Kabul. Sin embargo, no es un secreto que el conflicto bélico en el vecino Afganistán representa para Rusia -así como para las cinco repúblicas centroasiáticas- una fuente de perturbación y aun de desestabilización. Los grupos armados musulmanes de la región recibirían un gran estímulo si los talibanes provocan la retirada de la OTAN, lo que está lejos de ser una utopía. Pero mientras tanto Rusia es víctima de una epidemia que causa más muertes que los movimientos islámicos.
Cada año la Federación Rusa es destino de unas 90 toneladas de heroína, lo que la sitúa a la cabeza del consumo mundial. El 90% de esa droga se produce en Afganistán. Durante el gobierno talibán la producción había sido prácticamente erradicada pero ahora los propios talibanes protegen los cultivos para asegurarse la lealtad de los campesinos.
“La heroína es una amenaza a nuestra seguridad nacional”, dijo Viktor Ivanov, el funcionario antidroga de mayor rango de Rusia. No menos cierto es que las políticas antidroga de esa nación residen principalmente en la represión, que es ineficiente, obviando la rica experiencia europea en materia de prevención del consumo.
Ivanov insiste en que sin opio no hay heroína, ni tráfico ni consumidores, y propone que los cultivos de opio afganos sean destruidos con herbicidas. No obstante, esa propuesta choca con la política estadounidense en Afganistán. Cuando las tropas de la OTAN ocuparon la provincia afgana de Helmand, centro de la producción de opio, les dieron a los campesinos garantías de que sus cultivos no serían destruidos, una práctica contrainsurgente dirigida a competir con la guerrilla talibán. Pero la fuga de aliados que ha sufrido Estados Unidos en Afganistán y las dificultades logísticas lo obligan a negociar la participación rusa en el conflicto, por modesta que esta sea. Por ahora, al menos, los cultivos están fuera de límites para los rusos, que deben contentarse con destruir laboratorios de procesamiento de opio.
Anders Fogh Rasmussen, secretario general de la OTAN, visitó Moscú días pasados para buscar acuerdos previo a la cumbre de la alianza atlántica en Portugal, que contará con el presidente Dmitri Medvedev como invitado. Rasmussen escribió en su Facebook:  “La cumbre de Lisboa será una oportunidad de enterrar de una vez y para siempre todos los fantasmas del pasado” entre la OTAN y Rusia.
La alianza atlántica espera recibir ayuda de Moscú para solucionar sus problemas logísticos y además hace todo lo que puede para involucrar personal militar ruso en Afganistán. Ya lo ha logrado con pilotos civiles, a los cuales contrató con el visto bueno de Moscú. Ahora, con la excusa de que los helicópteros de transporte rusos MI-17 son ideales para operar en la región, Estados Unidos ya ha comprado 25 unidades destinadas a las fuerzas de seguridad afganas y planea alcanzar las 56 en un año más. La transacción incluye una dotación de técnicos rusos y el entrenamiento de pilotos afganos. A su vez fuentes de la OTAN también se refirieron a la posibilidad de que personal militar ruso entrene guardias fronterizos afganos en acciones antinarcóticos. Esa noticia sería bien recibida por la opinión pública rusa pero podría ser otro paso hacia un involucramiento mayor en una guerra que dejó profundas heridas en esa sociedad.
Consciente de que Estados Unidos está cada vez más solo en Afganistán, Rusia le pondría un alto precio a su ayuda militar. El Kremlin se siente amenazado por la expansión de la OTAN y reclamó hace un tiempo que la alianza atlántica acepte severos límites en el despliegue de tropas y aviones en territorio de sus nuevos socios. La situación de Georgia y sus regiones separatistas constituye otro punto de fricción que Rusia desea resolver. ¿Será suficiente todo eso para tentar a Moscú? La situación aconseja una buena dosis de escepticismo. Afganistán tiene un gobierno central corrupto e ilegítimo, y a los talibanes cada vez les va mejor en el conflicto. Nadie cree posible que Washington pueda ganar la guerra pero nadie quiere pensar qué pasaría si la pierde. Rusia, entonces, tendría mucho para ganar si logra ejercer un efecto catalizador en el conflicto para alcanzar una salida negociada.

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