viernes, 28 de enero de 2011

La batalla de Egipto


Las protestas populares en Egipto ya han dado suficiente prueba de una firme voluntad de cambio de régimen en ese país. Sin embargo tanto los adversarios del autoritario presidente Hosni Mubarak como sus mejores amigos imaginaban que las manifestaciones serían un tímido eco del levantamiento popular que acaba de derrocar al gobierno tunecino. Por tanto, hoy, cuando Mubarak ya es un cadáver político, ni el régimen -incluyendo a los sectores sociales que lo sostienen- ni las fuerzas capaces de remplazarlo han tenido tiempo suficiente para definir su posición. Naturalmente, la actividad diplomática es intensa, pues Egipto tiene una gran valor estratégico en la política estadounidense hacia el Medio Oriente. Si El Cairo renunciara al statu quo con Israel, denominado como “paz fría”, y decidiera apoyar la causa palestina, la política de apartheid, genocidio y expansión practicada por Tel Aviv encontraría un serio obstáculo.
El régimen de Mubarak ha recurrido a la tortura y la ejecución sumaria como práctica habitual contra sus opositores. Al mismo tiempo, diseñó un sistema que parodia la democracia occidental, con un parlamento al cual acceden miembros de la oposición, mayormente como candidatos independientes.
Barack Obama expresó ayer el respaldo de su país “al pueblo tunecino” (hasta ahora era el principal apoyo de la dictadura de ese país) pero no dijo una palabra del pueblo egipcio. Poco después uno de sus voceros aclaró que semejante ausencia se debió a la falta de tiempo para escribir el discurso. Lo cierto es que Washington estaba tan cómodo con el papel jugado por El Cairo hasta ahora que no es capaz de asumir la idea de una eventual caída de su vergonzante aliado, al cual asiste cada año con 1.300 millones de dólares para gastos de defensa y unos 800 millones para la caja chica. El Pentágono citó esta semana a varios altos jefes militares egipcios, lo que podría indicar que Estados Unidos trabaja apuradamente en la sucesión de Mubarak, cuyo hijo Gamal habría sido vetado como delfín por sectores del propio régimen, en especial las Fuerzas Armadas. A su vez, el ex director de la AIEA Mohamedel-Baradei, que había desistido de sus aspiraciones a la carrera presidencia egipcia de este año, aterrizó sorpresivamente en El Cairo, como empujado, con la declarada intención de encabezar las protestas pacíficas de su pueblo, más o menos con esas mismas palabras.
El-Baradei hubiera sido un buen candidato para la línea dinástica. Es un diplomático con prestigio internacional y los egipcios lo perciben como un tipo capaz de enfrentar la corrupción, extendida a todas las instituciones estatales.  Washington sabe que si la desobediencia civil preanuncia la caída del régimen, quizá no haya tiempo para una salida liberal, a lo el-Baradei. En todo caso tiene muchas más chances Amr Moussa, el actual secretario de la Liga Arabe.
Sin embargo en Egipto hay una sola fuerza de oposición importante y con suficiente legitimidad como para encabezar la transición, la proscrita Hermandad Musulmana, que el viernes decidió plegarse discretamente a las manifestaciones convocadas para después de las plegarias vespertinas. En los días previos dejó a sus militantes en libertada de acción, lo cual fue leído como un apoyo no institucional a las protestas y quizá una tregua para negociar. Hermandad Musulmana es el movimiento político musulmán más antiguo y numeroso del mundo árabe. A pesar de ser reprimido permanentemente, su participación en comicios locales y legislativos es tolerada siempre y cuando sea mediante “candidatos independientes”. En los comicios municipales de 2005 la Hermandad hizo un acuerdo con el gobierno que le otorgó mayores libertades para realizar la campaña. Como consecuencia, el movimiento obtuvo numerosos cargos, aunque sus militantes evaluaron negativamente la operación, que consideraron le daba legitimidad al régimen. La organización musulmana renunció a nuevos pactos con el gobierno pero se ha mantenido hasta ahora ajustada a las reglas de juego impuestas por el régimen a cambio de una creciente legitimidad ante la ciudadanía. Muchos creen que la Hermandad gobernará Egipto: la duda es cuándo sucederá eso.
Hata ahora la Hermandad ha demostrado que le sobra paciencia ante los embates de un gobierno despótico, pero Mubarak cometió un error al poner al aparato represivo al servicio de una derrota de los hermanos musulmanes en las elecciones legislativas de noviembre de 2010. Por entonces algunos dirigentes de la Hermandad  declararon abiertamente que quizá en Egipto no quedara espacio para la lucha pacífica contra el régimen. Hacía mucho que el movimiento no amenazaba con reconstruir su aparato armado, disuelto en 1970. 
Hoy la Hermandad Musulmana parece estar considerando si este es su momento para encabezar una rebelión popular que le permita derrocar al régimen aprovechando los vientos libertarios que soplan desde Túnez, conjugados con el creciente empobrecimiento de grandes masas de egipcios. Pero ese objetivo encontraría en el camino a las Fuerzas Armadas, acostumbradas además a retener una buena parte del poder político. El nacionalismo nasseriano aún es popular entre los oficiales egipcios, pero es dudoso que la Hermandad tenga entre los militares tanta influencia como la Embajada de Estados Unidos.
Egipto es un país moderno y su gobierno, por ilegítimo que sea, estaba relativamente entero hasta la semana pasada. Es improbable que veamos nada parecido a una guerra civil. Quizá se esté dibujando en el horizonte una salida negociada a partir del sentido de realidad, integrando a la Hermandad a una transición que, de buscar odiosas comparaciones, estaría lejos de Irán y cerca del actual estilo turco de gobierno laico con tono musulmán.
Durante tres décadas Hosni Mubarak ha sido un dictador con agudo sentido político pero al no haber sabido articular las fuerzas necesarias para una sucesión ordenada frustró las expectativas de cambios, por pequeños que fueran. Hoy, algunos se apuran en hacer ese trabajo y otros en asegurarse de que ya no pueda completarse. 

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