Hace unos días comencé a leer “Los hombres que no amaban a las mujeres”, del sueco Stieg Larsson (Ediciones Destino SA, del Grupo Planeta). Ya sé que voy rezagado; casi todo el mundo se leyó la trilogía y cuando yo termine con el primer tercio ya habrá pasado el tiempo de comentar la novela, la vida de Larsson y su temprana muerte, así como las vicisitudes de su viuda.
Esta edición de “Los hombres…” fue impresa en Argentina pero sus traductores (Martín Lexell y Juan José Ortega Román) parecen ser los de la versión española. Naturalmente, eso no impide que pueda leer la novela, pero la leo bajo protesta, pues los rioplatenses tenemos derecho a acceder a traducciones que se ajusten a nuestra variedad dialectal. Una cosa es que Miguel Delibes diga en El amor propio de Juanito Osuna: “Yebes conoce el paño y nunca habla a humo de pajas. Y Yebes estuvo precisamente en la batida de Granadilla, con Teba y toda la pesca.” Si el cuento me interesa invertiré toda la energía que sea necesaria para leerlo. Eso implicaría averiguar qué significa “humo de pajas”, la “batida” y la “pesca”, para empezar. Pero aprender algo más del habla de los españoles será un sacrificio mínimo para comprender a un personaje que después de todo es español.
Otra cosa muy distinta es que los suecos se expresen como si jamás hubieran puesto un pie fuera de Castilla. No solo uno se ve obligado a decodificar y volver a codificar todo el tiempo sino que se nos aparecen unas cuántas palabras españolas cuyo significado no conocemos, pero debemos conocer, para poder leer una novela sueca escrita por un sueco, con personajes suecos que viven en Suecia, donde las palabras y las cosas están llenas de diéresis.
Pero sería demasiada pretensión esperar que los editores de “Los hombres que no amaban a las mujeres” adapten el léxico de la novela a distintos públicos cuando ni siquiera adaptaron la aritmética sueca a la que es de uso en el resto del planeta Tierra. Tanto es así que en la página 143 el ricachón Henrik Vanger le propone a un tipo que desea contratar:
“Te pago doscientas mil coronas al mes, o sea, dos mil cuatrocientas coronas si aceptas y te quedas todo el año”.
Caramba. O cáspita, diantres o lo que sea. Henrik es el peor negociante que vi, más turro que yo, que ya es decir. Más vale trabajar para él solo un mes, a cambio de doscientas mil coronas, que trabajar todo el año por dos mil cuatrocientas, ¿no?
Unas líneas más abajo dice Henrik:
“…te ofrezco una bonificación: el doble, o sea, cuatro mil ochocientas coronas. Seamos generosos y redondeemos; lo dejamos en cinco millones.”
¿Qué puedo decir yo de la aritmética vikinga? Que cuando redondean no se andan con chiquitas. ¿O el redondeo fue en España?
Es obvio que este es un policial con todas las letras, porque hubo gente que se robó la plata.

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